Aquel gato... tenía un aspecto imponente. Un tronco mazizo y fuerte, la cabeza enorme, el rabo tupido, los bigotes... ¡larguísimos!.
Aquel gato que aparecía y desaparecía en la casa, sin atenerse a horarios y haciendo uso de una independencia incluso lacerante; no necesitaba de nosotros, los humanos, más que para que le abriésemos la puerta para salir. Entrar... entraba por el ventanuco que daba a la escalera del portal. Desde éste pegaba un salto hacia el estrecho pasillo de la destartalada casa. No le resultaba igual de fácil lo contrario. Y uno... mirándolo ir y venir, entrar y salir, con tanta libertad y autonomía, sentía envidia y todo.
Se apostaba frente a la puerta por las mañanas, en espera de que alguno de nosotros saliese. Podía escoger el momento entre las primeras horas de la mañana. Y volver... volvía cuando bien le parecía a él. Tenía un cojín asegurado, y ¿cómo no? comida, si el día, por lo que fuere, le hubiera resultado poco propicio para la caza del ratón.
Yo... le había mirado la primera vez con sincero interés, y le hubiese hecho lo de "¡bish-bish!" para ir entrando en confianza, pero "el Coca" pasaba ampliamente de carantoñas y atusos. Se dejaba acariciar en primavera por los tibios rayos de sol, que al mediodía caían sobre el balcón de la habitación principal. Y permanecía ahí durante horas, entre el olor de la ropa recién tendida y el de la planta de marijuana. Al compás musical de lo último de "Alaska y Dinarama" o "Jim Morrison" dejaba deslizarse buena parte de la mañana y las primeras horas de la tarde. Después desaparecía.
Su maullido era escueto y grave, y... nos tenía... ¡fascinados!
¿Qué hacía por los callejones y tejados ése, todo el tiempo?
Un anochecer, hube de abrirle la puerta para... entrar. Miaba desde afuera con un desgarro gutural y bronco.
- ¡Miau!
¡¡Miau!!
Sorprendida, descorrí el cerrojo de la vetusta puerta. En el umbral de ésta, "El Coca" presentaba un aspecto lamentable. Tan pronto vió la hoja ceder, se escurrió entre mis piernas y se metió debajo del perchero del recibidor. No sin que antes yo me hubiese apercatado de que traía el frontal de su enorme cabezota surcado de arañazos.
- ¡Ah! -le dije- Eres un gato pendenciero, ¿eh?
Tratar de aplicarle desinfectante o apósito alguno, inútil resultó.
Luego, unos días más tarde... y al paso por una de las calles colindantes, en una de esas luminosas noches de comienzo de verano del viejo Madrid, me he quedado sorprendida al escucharle.
Reconocí su maullido, del otro lado de la pared de un solar; entre los ladrillos de adobe de un edificio semiderruido. Escueto, grave y... ceremonioso; a la luz de la luna.
No me cupo duda, era él.
Un nutrido grupo de otros gatos, se iban llegando, y entraban, colándose por los huecos de la pared, en el solar. Algunos de ellos bajaban desde los tejados y balcones, y todos ellos acudían a la llamada bronca y convincente, de nuestro otro compañero de vivienda. El misterioso "Coca".
Comprendí... ¡se trataba de un capo, sin duda! Y... nos mantiene a todos, desde el comienzo, bien ajenos a sus andanzas.
Sí. Coca es "El Gatazo" del barrio. Esquivo, discreto, y una pizca ladino; sobre su domesticidad se hubiera podido entablar polémica. Dócil en el hogar y bastante fiero en los patios, tejados y callejones, al parecer.
Vaya un saludo desde estas líneas, para el más poderoso y fuerte, de cuantos gatos haya conocido.
.......... ¡CHAPEAU COCA! ..........
¡¡MIAU!!.
Fin